¿Cómo afrontar la adolescencia?

La adolescencia es una etapa llena de cambios. De pronto, los hijos dejan de ser niños y comienzan a buscar su independencia. Sus gustos cambian, sus emociones son más intensas y su forma de ver el mundo se transforma.

Para muchos padres, es una época confusa y hasta desconcertante. Pero, aunque sea un momento complicado, también puede ser una gran oportunidad para crecer juntos, entenderse mejor y reforzar la relación.

La adolescencia

La adolescencia no es solo un cambio de actitud. Es una transformación que afecta al cuerpo, al cerebro y a la forma de entender el mundo. La corteza prefrontal, la parte del cerebro responsable de la toma de decisiones y el control emocional, no termina de desarrollarse hasta los 25 años aproximadamente. Eso explica muchas cosas: la impulsividad, los cambios de humor repentinos, las decisiones que desde fuera parecen incomprensibles …

A esto se suma que el adolescente tiene que construir, casi desde cero, un esquema del mundo mucho más complejo que el de la infancia. Uno con matices, contradicciones y pocas certezas, generando una intensidad emocional que puede desconcertar incluso al propio joven, que muchas veces no sabe por qué se siente como se siente.

También es la etapa en que el grupo de iguales pasa a ser la principal referencia. Esto no significa que los padres dejen de importar, sino que el tipo de vínculo que necesitan cambia. Pasan a necesitar menos supervisión y más confianza; menos respuestas y más espacio para encontrarlas.

Consejos para saber cómo afrontar la adolescencia

Acompañar en la adolescencia no significa tener todas las respuestas. Significa estar ahí, escuchar, guiar y comprender sin perder la paciencia. No hay recetas mágicas, pero sí actitudes que pueden marcar la diferencia en la convivencia familiar.

Habla con ellos, no para ellos

Uno de los errores más frecuentes es convertir cada conversación en una oportunidad para dar lecciones. Los adolescentes cierran la puerta cuando sienten que lo que viene es un sermón. Si quieres que hablen contigo, empieza por escuchar sin juzgar, sin interrumpir y sin aprovechar lo que te cuentan para señalar lo que han hecho mal.

A veces no buscan soluciones. Solo necesitan que alguien esté ahí. Que sepan que pueden contarte algo sin que eso desencadene un interrogatorio o un castigo es lo que mantiene la comunicación viva.

Ojo también con el momento y el formato. Una conversación cara a cara en el salón puede resultar intimidante. Muchas veces los adolescentes hablan más cómodos en el coche, paseando o haciendo algo juntos. Aprovechad esos espacios.

Respeta su espacio, pero no desaparezcas

Necesitan independencia, y dársela es parte de tu trabajo como padre o madre. Eso incluye respetar su intimidad, no leer sus conversaciones, no interrogar a sus amigos y aceptar que hay cosas que ya no van a contarte.

Pero respeto al espacio no significa abandono. Sigue estando presente, sigue interesándote, aunque la respuesta sea un “bien” sin más. Sigue proponiendo tiempo juntos aunque lo rechacen. La consistencia de ese interés, sostenida en el tiempo sin presión, es lo que les hace saber que pueden volver cuando lo necesiten.

Los límites también son un acto de cuidado

Muchos padres, por no generar conflictos, evitan poner límites durante esta etapa y esto es un error. Los adolescentes necesitan estructura, aunque la cuestionen. Las normas claras y coherentes les dan seguridad, incluso cuando se rebelan contra ellas.

La clave está en cómo se ponen esos límites. No se trata de imponer, sino de explicar el razonamiento detrás de cada norma, escuchar su punto de vista y, cuando sea posible, negociar. Un límite acordado tiene muchas más posibilidades de respetarse que uno impuesto. Y cuando no se cumple, la consecuencia debe ser coherente, no desproporcionada.

Valida sus emociones, aunque no las entiendas

Un problema de adolescente puede parecer pequeño desde fuera. Para ellos, en ese momento, puede ser devastador. Minimizar lo que sienten cierra la comunicación y genera distancia.

Frases como “entiendo que eso te duele” o “debe ser muy difícil” no implican que estés de acuerdo con su forma de ver las cosas. Simplemente les hacen sentir escuchados. Y eso, en la adolescencia, es mucho más importante.

Validar no significa aprobar todo lo que hacen. Significa reconocer que lo que sienten es real y merece ser tomado en serio.

El hogar como primera escuela

Las notas importan, pero lo que ocurre en casa importa más. La forma en que una familia gestiona los conflictos, expresa las emociones, asume los errores o trata a los demás es el aprendizaje más duradero que un adolescente se lleva. Si en casa se dialoga, se piden disculpas cuando toca y se toman decisiones con criterio, eso se queda en el adolescente.

También conviene hacer el ejercicio de admitir los propios errores. Los adolescentes ya saben que no sois perfectos, y pretender que sí lo sois solo genera más distancia. Reconocer una equivocación delante de un hijo adolescente no resta autoridad: la refuerza.

Hábitos que sostienen el bienestar

El descanso, la alimentación y el movimiento tienen un impacto real en el estado emocional durante la adolescencia. Un adolescente que duerme mal es más impulsivo, más irritable y tiene más dificultades para gestionar las situaciones difíciles.

Ayudarles a encontrar actividades que les gusten de verdad también es una forma de cuidado. Esas actividades les dan un espacio propio, les ayudan a gestionar el estrés y les permiten construir una identidad más allá del instituto y las redes sociales.

En cuanto a las pantallas: más que prohibir, lo útil es crear momentos y espacios sin ellas. Las comidas en familia sin móviles, o acordar un horario para apagar los dispositivos por la noche, generan mucho menos conflicto que un bloqueo total y tienen un efecto real en el descanso y la convivencia.

¿Cuándo pedir ayuda?

Hay una diferencia entre los altibajos normales de la adolescencia y señales que merecen atención. Si observas cambios muy bruscos en el estado de ánimo que se prolongan en el tiempo, aislamiento social importante, abandono de cosas que antes le gustaban, o cualquier indicio de que algo más serio está pasando, no lo dejes pasar. Pedir ayuda profesional no es un fracaso; es exactamente lo contrario.

Si sientes que la convivencia se ha vuelto difícil o que tu hijo o hija necesita apoyo, puedo ayudarte.

Mariola Sánchez Pérez, psicóloga sanitaria y sexóloga

Psicóloga General Sanitaria y Sexóloga en Málaga. Especializada en ansiedad, trauma, EMDR y terapia de pareja. Más de 15 años de experiencia clínica en el ámbito público y privado. Conóceme mejor aquí.

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